A veces nos empeñamos en algo que no puede dar mas de si. Y chocamos una y otra vez con la misma piedra, poniendo ya en duda nuestra diferencia con los animales: la razón, la lógica.
¿Y todo por qué? Evitar la soledad. Y no es nuestra razón la que intenta evitar eso, sino nuestro interior, nuestro “yo” mas profundo, el corazón, lo irracional de nosotros nos conduce a actuar buscando caminos que desemboquen en cualquier mar que no sea la soledad.
Y repito: en CUALQUIER mar que no sea la soledad, que no sea sentir ese vacío que todos hemos conocido alguna vez, y que creo, no es necesario concretar. Pues a veces parece que nos da igual sufrir, que nos da igual aguantar lo inaguantable, aguantar lo que, creo, sin darnos cuenta, nos consume, nos arrebata la ilusión, las ganas, nos borra de la mente la posibilidad tan real y tan obvia de hacer “borrón y cuenta nueva”, de aspirar a más, a lo que realmente merecemos: algo mejor, mucho mejor.
Y el problema no es otro que el miedo. El miedo a arriesgarte, a enfrentarnos a lo que en el fondo sabemos que debemos enfrentarnos. Tenemos miedo a no tener a quien decir un “te quiero” de esos que llenan; miedo a que estas tardes de Navidad que se acercan no las podamos recorrer de la mano de alguien. Y es que es irónico, tenemos coraje de aguantar todo menos la soledad. Aguantamos llorar noche sí noche también, aguantamos darle vueltas y vueltas a algo intentando buscar una solución que, si la tuvo, ya no. Y nos repetimos cada tarde “voy a esperar, a ver si...”. Pero de repente algo te hace volver la vista atrás, y ves que el inicio de esa espera casi ni lo puedes ver.
Y de pronto llegas a uno de esos momentos en los que te planteas: ¿de verdad merece la pena?. Lo triste es que ya te lo planteaste alguna vez, pero te rendiste y cogiste el camino fácil: no enfrentarte a nada. Y llega un momento en que la culpa es tuya, pues cada vez estoy más de acuerdo con esa frase que dice algo así como: para que te valoren, primero valórate tu a ti mismo y hazte valorar.
Y es cierto cuando te dicen “tu vales más que todo esto”, pero de nada sirven esas palabras si tu mismo no te las crees. Un poquito de fuerza, por favor. Ve preparándote, la vida te comerá si no aprendes a ser fuerte.
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